Corrían los años 90. En un laboratorio, unos científicos no podían dar crédito a lo que veían. Ellos, en su amplio conocimiento, habían estudiado a especies vegetales capaces de vivir miles de años, a animales asombrosos capaces de regenerar partes de su cuerpo completas como las estrellas de mar. Más lejos aún, las Hydras son capaces de generar individuos completos a partir de una parte del cuerpo de otro individuo; es decir, si una hydra la cortas por la mitad, resultarían dos hydras completas y bien formadas. Aún más, de un puñado de células de hydra se regenerarían en varios individuos.
Pero esto va más allá de todo cuanto habían visto antes. Podrían estar ante el descubrimiento de algo por lo que los antiguos alquimistas suspiraban, a lo que dedicaban toda su vida, toda su existencia. Se sentían a punto de descubrir al fin la Piedra Filosofal. Conseguir la receta de la eterna juventud, de la inmortalidad.
Pero, ¿qué es lo que habían descubierto? ¿Qué era esa Piedra Filosofal?
Es un animal. Un pequeño animal, ya que su tamaño es minúsculo. Estamos hablando de un diámetro que oscila entre los 4 y los 5 milímetros, aunque su figura es alta para ese tamaño. Tiene forma acampanada y a través de sus finas paredes se distingue su estómago, de un color rojo vivo. Posee además tentáculos, en un número que puede oscilar desde los ocho de los individuos más jóvenes hasta los 90 que pueden llegar a alcanzar los adultos. Estamos hablando de una medusa, o más bien de La Medusa, que posee la capacidad de rejuvenecerse a sí misma. A la que, desde los años 90, se le ha intentado arrancar el secreto de la inmortalidad. Estamos hablando de la Turritopsis nutricula, la medusa inmortal.
![[Medusa+inmortal.jpg]](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhNd0Oj3qn16H-7CcbhhqYoDbQTrhXtJICfepd-wUrV2iGWvFlUvD4fPUzu0j1vhvryNt1Vo6BGhU4f5ByS0VAT4CnFDcekN1pyZFqrZgGCXScnllVkMk5ZLfELqrkpVIUk6ptigGyKWTAM/s1600/Medusa+inmortal.jpg)
Se han relizado, como no, pruebas de laboratorio en donde el 100% de los especímenes observados han rejuvenecido decenas de veces sin perder nunca ni una sola de sus características. Siempre, después de la fase de reproducción, vuelven a la fase de pólipo, una y otra vez. Se puede determinar, entonces, que estamos ante un caso de inmortalidad biológica. Estos animales, por sí mismos, no pueden morir. Simplemente, la muerte orgánica en esta especie es algo que no sucede.
El pasado verano (este artículo se ha escrito en Mayo del 2009), la bióloga Maria Pia Miglietta, del Pennsylvania State University, dio la voz de alarma. La Turritopsis nutricula se había extendido desde los mares del Caribe a todos los océanos del mundo.
Esta importante bióloga comprobó el ADN mitocrondrial de especímenes recogidos en Florida y Panamá, y los comparó con otros procedentes de otros lugares del mundo y que habían sido recolectados durante investigaciones anteriores. Descubrió que determinadas secuencias genéticas se repetían en ejemplares obtenidos desde Panamá hasta Japón. De hecho, en quince de estos ejemplares las secuencias eran idénticas.
Esa es la realidad. Desde océanos con aguas templadas o tropicales se ha ido extendiendo. Desde Panamá hasta Japón o el Mediterráneo, Grecia, Italia, España. Uno de los factores que se piensa que ha ayudado a esta rápida colonización masiva de todo el planeta son los barcos que navegan por diferentes mares y océanos y que descargan los tanques de lastre en diferentes zonas.
Y el resultado es la intromisión de una especie en ecosistemas que no están preparados para luchar contra ella. Ecosistemas en los que esta medusa no tiene ningún depredador natural. Ecosistemas que están perdiendo especies por la capacidad fagocitadora de nuestra posible futura Piedra Filosofal. La Turritopsis nutricula. La medusa inmortal.
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